viernes, 2 de diciembre de 2011

15 Minutos con Jesús Sacramentado


No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme mucho, basta que me ames con fervor. Háblame, pues, con sencillez, como hablarías al más íntimo amigo, como hablarías a tu madre, a tu hermano. ¿Necesitas hacerme una súplica cualquiera en favor de alguien?

Dime su nombre, bien sea de tus padres, bien el de tus hermanos o amigos; dime en seguida qué quisieras que hiciese actualmente por ellos. Pídeme mucho, mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse, en cierto modo, de sí mismo, para atender las necesidades ajenas.

Háblame con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas volver al buen camino; de los amigos ausentes que quieres ver a tu lado. Dime por todos siquiera una palabra; pero palabra de amigo; palabra entrañable y fervorosa.

Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón, ¿y no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos a quienes tu corazón más especialmente ama?, tu esposo o esposa, tu hijo o hija, tu amigo…

¿Y para ti no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una lista de tus necesidades, y ven, léelas en mi presencia, sobre todo ante el Tabernáculo. Dime francamente que sientes soberbia, amor a la sensualidad y al regalo, que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente… y luego pídeme que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para librarte de tales miserias.

No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el Cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad, y poco a poco se vieron libres de ellos. Ni menos vaciles en pedirme bienes espirituales, corporales y materiales: Salud, memoria, éxito en tus trabajos, negocios o estudios. Todo eso puedo dar, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes bien ayuda, a tu santificación.

Hoy por hoy, ¿qué necesitas?, ¿qué puedo hacer por tu bien?, ¡si supieras los deseos que tengo de favorecerte!

¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo, minuciosamente, ¿qué te preocupa?, ¿Qué piensas?, ¿qué deseas?, ¿qué quieres que haga por tus padres, por tus hijos, por tus superiores?, ¿Qué desearías hacer por ellos? ¿Y por mi?, ¿no sientes deseos de mi gloria?, ¿no quisieras hacer algún bien a tus prójimos, a los amigos, a quienes amas mucho, y que viven quizás olvidados de mí?

Dime qué cosa llama hoy particularmente más tu atención, qué anhelas más vivamente, y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa. ¿No quisieras pedirme algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los corazones, y suavemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, a donde me place.

¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores, ¿Quién te hirió?, ¿quién lastimó tu amor propio? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de mí, todo lo olvidas, todo lo perdonas, y en seguida recibirás mi consoladora bendición.

¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma aquellas vagas melancolías, que por no ser injustificadas no dejan de ser desgarradores? Échate en los brazos de mi amorosa providencia. Contigo estoy, aquí, a tu lado me tienes, todo lo veo, todo lo oigo, en ningún momento te desamparo.

¿Sientes desvío de parte de personas que antes te quisieron bien, y ahora olvidadizas, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu trato, si no han de ser obstáculo a tu santificación.

¿No tienes tal vez alegría alguna que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella, como buen amigo? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado y alegrado tu corazón. Quizás has tenido agradables sorpresas; quizás has visto disipados negros recelos; quizás has recibido buenas noticias, una carta, una muestra de cariño; has vencido alguna dificultad, o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo eso, y yo te lo he procurado.

Porqué no has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente: "Gracias, Padre mío, gracias". El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le gusta verse correspondido.

¿Tampoco tienes promesa alguna que hacerme? Leo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, a Dios no; háblame, pues, con toda sinceridad.

¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más en aquella ocasión de pecado?, ¿de privarte de aquel objeto que te dañó?, ¿de no leer más aquel libro que exaltó tu imaginación?, ¿de no tratar más aquella persona que turbó la paz de tu alma?

¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra, a quien por haber faltado, has mirado hasta hoy como enemiga?

Ahora bien, hijo mío, vuelve a tus preocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tu estudio; pero no olvides estos quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos en la soledad de tu hogar o del Santuario.

Guarda en lo posible, silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama y honra a Mi Madre, que también es la tuya.

Vuelve otra vez mañana, con el corazón más amoroso, más entregado a mí. En el mío hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos. Aquí te espero.
Tu amigo, Jesucristo.

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