sábado, 22 de septiembre de 2018

Segunda palabra de Jesús en la Cruz (Reflexión) (Lc 23, 43) “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

Sobre la colina del Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice que, junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores (Luc. 23, 32), el penitente y el obstinado. La sangre de los tres formaban un mismo charco, pero, como dice San Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, cada uno moría por una causa distinta. En estas dos figuras nos encontramos con el misterio insondable del corazón del hombre: luz y tinieblas, fe e incredulidad, libertad para decidir entre lo uno y lo otro.

     Uno de los malhechores, el incrédulo, blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!” (Luc. 23,39). Había oído a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso el título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba de rabia contra todo y contra el cielo.

     Los hombres en los tiempos de Jesús no sabían ni entendían que estaban dando muerte al HIJO DE DIOS. También en nuestra época muchos son los ignorantes que continúan de espaldas a Dios. No es posible que crean en Dios y blasfemen contra Él. Le negamos, le abandonamos, le cerramos las puertas de nuestro corazón...

     Pero el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que no era de este mundo. Le había visto lleno de mansedumbre y humildad profunda. Era distinto de todo lo que había conocido hasta entonces. Incluso le había oído pedir perdón para los que le ofendían. Reconoce en Jesús al Hijo del Hombre que ha venido a juzgar al mundo, y lo hará con un juicio de misericordia. Reconoce que la Buena Nueva ya ha llegado, que el tiempo de la Gracia está aquí, que Dios no viene para destruir, sino para salvar.

     Haciendo un esfuerzo para volverse hacia su otro compañero, se reconoce culpable: « ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho. Él es inocente» (Lucas, 23, 41). Siente la convicción de sus pecados y reconoce que Jesús es REY, es el HIJO DE DIOS. Reconoció que necesitaba ser salvo de sus pecados.

     Y encontrándose con la mirada de Jesucristo le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. No lo dice dudando, está seguro de que llegará; y está seguro de que el reino de Dios no es de este mundo. ¿Quién se lo ha revelado? Una inundación de luz y gracia en su corazón. Comprendió al fin que había un Dios al que se podía pedir paz, como los pobres pedían pan a la puerta de los señores. ¡Cuántas súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y qué pocas le hacemos a Dios!…

     No le pide un lugar en su reino, no le pide un trono; no cree merecerlo. Él sabe que no lo merece: es un criminal. Simplemente le dice: «Acuérdate de mí». Un recuerdo nada más. ¡Qué bien había comprendido el Corazón de Cristo!, ¡qué de cosas le había revelado la gracia de Dios en unos instantes! Y Jesús, que escuchaba en silencio cuando el otro malhechor le injuriaba, volvió la cabeza para decirle al ladrón arrepentido: “Yo te aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Que vio Cristo en él? Fe y Conversión. La escritura dice que sin fe es imposible agradar a Dios y el que no naciere de nuevo no verá el reino de Dios.

     Es necesario que nosotros escuchemos y entendamos estas palabras con toda la fuerza y seguridad con que Jesús las pronunció: “Yo te aseguro”. En ellas se manifiesta la autoridad de Jesús. En este momento Jesús da testimonio también de Sí mismo, de que Él tiene la llave del Paraíso.

     Aquí está el Rey, actuando desde la Cruz. Tiene las llaves para abrir y cerrar. Desde la Cruz ofrece su Reino, el Paraíso del Padre, a los hombres. Pero solamente los pobres, los pecadores que se humillan, han visto en Él al Rey. Él reina sobre el pecado perdonando, lo mismo que reinará sobre la muerte resucitando. Es hermoso saber que Jesús está dispuesto a mostrar su llamado a salvar a las almas, aun estando clavado en una cruz... ¡Corazón de misericordia infinita! ¡Qué maravillosa es la gracia de Dios cuando cae de lleno sobre un corazón que no le pone obstáculos!

     En la Cruz, realmente, se resume toda la Historia de la Salvación. Lo que un hombre por su rebeldía cerró para todos, por la obediencia de este hombre la misericordia del Padre lo ha vuelto a abrir a todos: el Paraíso. Y “hoy mismo”, aquí mismo. La humanidad ha quedado restaurada y el Paraíso de nuevo es ofrecido a los hombres. ¿Cómo se realiza esto? Dios solamente pide la fe.

     Estas palabras, según San Agustín, constituían un verdadero juramento. La palabra de Jesús se tenía que cumplir. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo del hombre no pasarán jamás. Aquella misma tarde se cumplieron en el ladrón arrepentido. Jesús no le promete nada terrenal, pero consciente de que no ha venido a salvar a los justos, sino a los pecadores, le promete el Paraíso aquel mismo día. “Esta misma tarde, antes de que el sol se ponga”. El mismo Paraíso que ofrece a todo hombre que cree en Él, a todos nosotros.

    Y una vida de crímenes, excesos y pecados desembocó en el cielo. Su arrepentimiento y fe en el divino Maestro fueron equivalentes a su purificación. Basta decir: ¡perdón! de todo corazón y convicción para que se nos abran, de par en par, las puertas de la gloria. Todos tenemos que sufrir, pero estamos a tiempo de escoger nuestra propia cruz. No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra disposición está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo.

     Aún en los momentos duros, cuando nosotros nos humillamos y reconocemos nuestros pecados ante Jesucristo nuestro Señor, aparte de perdonarnos, nos salva. Cuando entendemos que no podemos seguir adelante si Él no está con nosotros y le invocamos de corazón, alcanzamos salvación y vida eterna (Hch. 4:12). Cuando nos acercamos a Cristo, entendemos que nos ha salvado con esperanza. Dios quiere que toda la humanidad se salve y ha puesto en nuestras manos esa libertad. El que quiere salvarse se salva, pero el que se empeña en condenarse se condena.

     No quiere nuestra salvación a empujones, no quiere llevarnos al cielo a la fuerza. Está dispuesto a recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan abiertos que los tiene clavados en la cruz para recibir y acoger a todos los pecadores. Bastan unas solas palabras: « ¡Perdóname, Señor!», para que nos perdone en el acto. Y si no pronunciamos esas palabras de arrepentimiento, rechazando con verdadero dolor de corazón nuestros propios pecados, estaremos perdidos para toda la eternidad.

     Jesús, con su muerte, ha abierto las puertas del Paraíso, a la vez que nos indica a todos nuestro propio destino. “Conmigo en el paraíso…”, la promesa de vida eterna. Ese lugar en el que habrá paz. Con estas palabras Jesús nos entrega un mensaje de esperanza, la promesa que todos tenemos que oír HOY…”Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, ahora, ya...al atardecer de tu vida. Tal vez, si no llega ese hoy es por tanta gente que no decide, no opta por la salvación, que espera sentada...

     Hay que volver la vista hacia Dios... nunca es tarde. Por lo general hacemos lo contrario, en lugar de abrir las puertas del paraíso, se las cerramos en la cara a aquellos a quienes Jesús mismo invitó y llamó. Condenamos a las prostitutas, a los presos, a los enfermos, a los homosexuales, a los drogadictos; a los criminales, a los violadores; y más aún a los que no tienen el mismo color que nosotros, la misma ideología política, la misma condición social. Les cerramos la puerta a los demás tan solo por ser diferentes. Comenzando por decir “Dios te ama”, estaremos construyendo ese paraíso... es parte de la caridad cristiana. ¡Gran amor el de Cristo!

     La cruz no detuvo a Jesús, así las pruebas no nos pueden detener de llevar el agua de vida al sediento. En las luchas y dificultades, Dios está con nosotros para llevar este bello mensaje de amor y esperanza, para que muchos salgan del error del pecado. El que clama a Jesús, puede estar seguro que Él responde. Con Jesús, la vida, cualquiera que sea su circunstancia, es un paraíso, el único paraíso.

     Pero el verdadero regalo que Jesús le hizo a aquel hombre en la cruz y a nosotros hoy, no es solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el regalo de sí mismo. Lo más grande que puede poseer el ser humano es compartir su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para vivir en comunión con él.

     Vamos a preguntarnos... ¿Cómo estar hoy con Jesús en el mundo?

     La vida eterna comienza aquí y ahora.
[Adorno]

Jesús amado, que por amor a nosotros agonizaste en la cruz y que con tanta prontitud correspondiste a la fe del buen ladrón, que te reconoció por Hijo de Dios en medio de las humillaciones, y le aseguraste el Paraíso: ten piedad de todos los fieles que hoy agonizan y de nosotros en la hora postrera; y por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, permite que reviva en nuestro espíritu una fe firme y constante para que también alcancemos el premio del santo Paraíso. Amén.
Referencias:
Catholic.net (s.f.). Las siete palabras. Recuperado de http://es.catholic.net/op/
articulos/56810/las-siete-palabras.html
Dominicos.org (2016.). Sermón de las siete palabras. Recuperado de
https://www.dominicos.org/espiritualidad/meditacion/sermon-de-las-siete-palabras/
Hermano Jiménez, J. (7 de julio de 2011). Las siete palabras de Jesús en la cruz.
Consejería Espiritual. Recuperado de http://conferenciasypredicas.over-blog.com/
article-las-siete-palabras-78814606.html
Fr. Royo Martín, A. (2017). La pasión del Señor: Las siete palabras de nuestro Señor
Jesucristo en la cruz. Corazones.org. Recuperado de http://www.corazones.org/
espiritualidad/espiritualidad/Antonio-Royo-Marin-Las-siete-palabras.pdf
Luis Horacio. (6 de marzo de 2015.). Significado de las siete palabras de Jesús en la cruz.
Catoliscopio. Recuperado de  https://catoliscopio.com/2015/03/06/
significado-de-las-siete-palabras-de-jesus-en-la-cruz/

domingo, 13 de agosto de 2017

Busquemos a Dios en el silencio

Lecturas del Domingo 19º del Tiempo Ordinario - Ciclo A (enlace)

Las lecturas de este décimo noveno domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) nos invitan a buscar a Dios en el silencio… tomemos el ejemplo del mismo Jesús, que siempre se apartaba a solas y en silencio para orar y comunicarse con el Padre; también los ejemplos de Elías y Moisés que subieron al monte de Dios para entrar en contacto con Él. Aunque se piense lo contrario, los seres humanos tenemos la capacidad para acallar los ruidos del exterior- hacer silencio dentro de nosotros, centrar nuestros pensamientos y buscar la paz en nuestro interior; ahí es donde obra el Espíritu Santo. Por supuesto, ayuda mucho un ambiente de recogimiento, disposición para orar y querer escucharle. No esperes que llegue a ti como disturbio, ni como tormenta, ni como una gran ráfaga de viento impetuoso. Él llegará a tu corazón como brisa suave, cálida y acogedora… en el silencio de tu interior.

Eso es precisamente a lo que Dios nos invita hoy… a descubrir qué es lo que Él quiere de nosotros en medio de las dificultades, a escuchar a Dios en medio de la tormenta. Solo necesitamos aprender a silenciar ese tumulto de ideas, ansiedades y pensamientos que nos agobian, y nos hace flaquear o dudar de su amor. Pensemos en Pedro y los demás discípulos, cuando Jesús se les acercó caminando sobre las aguas en medio de fuertes vientos, diciéndoles que no tuvieran miedo. Como dijo Padre Jairo Salazar en la liturgia de ayer sábado: "Dios tiene el control de nuestras vidas, nos ama y nos invita a confiar en Él". No perdamos la fe, como Pedro, en ese momento de dudas cuando bajó de la barca y echó a andar sobre las aguas. Acercándose a Jesús, sintió la fuerza del viento, le dio miedo y comenzó a hundirse. ¿Por qué dudó? Porque en su corazón había un mar de problemas que con fuerza lo tenían cautivo y no podía darse cuenta de que Dios estaba con él; precisamente el mismo mar de problemas que agobian actualmente a la humanidad. Somos hombres y mujeres de poca fe.

Recordemos que Jesús le extendió la mano a Pedro, lo agarró para que no se hundiera, e inmediatamente que subieron a la barca el viento se aplacó. Hoy, al igual que a Pedro, Dios nuestro Padre, nos hace una extensión de su amor… nos ha enviado al Espíritu Santo para sujetarnos y que no sucumbamos ante las adversidades. Nos toca invocarlo y sentir su presencia en nuestras vidas como brisa suave. También "envía a sus ángeles para ayudarnos, pero tenemos que aprender a fiarnos de su santo espíritu y de Jesucristo nuestro Señor, nuestro salvador, el amigo que nunca falla" (Salazar, 2017). No condicionemos la salvación que Dios nos ofrece, por el contrario aceptemos que Él está en nosotros y confiémosle nuestras vidas.

Quiero hacerles una petición especial, cuando entren en su aposento y en el silencio, oren especialmente por la restauración de la paz en el mundo. Cristo nos pide hoy que nos mantengamos unidos en oración y nos acerquemos más a Él. Así sea.

domingo, 16 de julio de 2017

Parábola del Sembrador: Evangelio según San Mateo 13, 1-23


Una vez salió un sembrador a sembrar...

Reflexión:

"Dios es el sembrador y nosotros la tierra en donde Él deposita su semilla. El tema es de grande interés, se trata de la colaboración entre la gracia de Dios (la semilla) y la aportación de la libertad humana (la tierra). No es suficiente recibir una buena semilla, un buen mensaje, una palabra que me motive a mejorar mi vida; es necesaria una buena tierra, es necesaria la disposición interna y personal de cada uno de nosotros... 
En la dinámica del Reino de los Cielos, la semilla es la Palabra de Dios, y su calidad es inmejorable. La Palabra de Dios es creadora y recreadora. La Palabra de Dios tiene esa fuerza interna que sana y que vivifica, que cambia y que renueva... Es tiempo, de revisar la textura de nuestra tierra a la que Dios le envía continuamente la lluvia de su bondad, esperando frutos de amor. Creo que cada uno de nosotros somos esa buena tierra a la que solamente le falta arreglarla un poco para que dé más frutos de los que está dando o para que dé los frutos que no ha dado. Somos una tierra a la que, posiblemente le falte la acción efectiva del Espíritu Santo." (Por Pbro. Armando De León Rodríguez)

viernes, 7 de julio de 2017

Canto de Invocación al Espíritu Santo

Saludos, me enviaron este enlace y lo comparto con ustedes.



Composición hecha para un momento de oración, donde buscamos ser guiados por Dios. 
Esperamos les sea útil. Bendiciones!

VEN, SANTO ESPÍRITU 
LAEC, msp

(capo 2)

Re la sim
Ven, Santo Espíritu de amor
La sol re mim la
Y sé mi fuerza en la tribulación.
Re fa# sim
Ven, Santo Espíritu de Dios,
La sol mi la fa#
Defensor dela verdad, transforma mi corazón;
Sim la
Y con tu fuego abrasador
Sol la 
Enciende en mí una luz
Sim la sol la re
Que me muestre el camino para llegar a ti.

Sol#
Ven, suave brisa a purificar el mundo,
Sim la sol fa#
Ven, dulce huésped del alma que a ti clama.
Mim sim
Oh... (más)

jueves, 29 de junio de 2017

La unción es para ti, recíbela


Comparto con el mundo este precioso canto de unción del Espíritu Santo,
publicado por Cancionero Católico.


Transcripción de la narración:

“Derrama tu unción en medio de nosotros”. “Hoy nuestro corazón está dispuesto y preparado, y te pedimos que tú lo hagas con tu Espíritu Santo”.

Canto:

La unción es para ti, recíbela

La unción de Dios quiere derramarse sobre ti,
todo es cuestión de que dispongas tu existir.
Entiéndelo, es el gran poder de mi Señor,
Si hay santidad, ha llegado el tiempo de recibir.

La unción que sana, la unción que lava,
la unción que restaura, la unción que libera,
la unción que cambia, la unción que desciende,
la unción es para ti, recíbela hoy. (2x)
Recíbela hoy. (2x)

La unción de Dios quiere derramarse sobre ti,
todo es cuestión de que dispongas tu existir.
Entiéndelo, es el gran poder de mi Señor,
Si hay santidad, ha llegado el tiempo de recibir.

La unción que sana, la unción que lava,
la unción que restaura, la unción que libera,
la unción que cambia, la unción que desciende,
la unción es para ti, recíbela hoy. (2x)
Recíbela hoy. (2x)
Recíbela. (2x)
Hoy.