En este Viernes Santo, comparto con ustedes nuevamente las reflexiones
sobre las siete palabras de Jesús en la cruz que por varios años he
tenido la oportunidad de predicar en la Parroquia Nuestra Señora de Covadonga (Puerto Rico). Léanlas,
medítenlas y compártanlas.
La séptima palabra de Cristo nos invita a meditar sobre el inmenso amor de nuestro Señor. Porque el amor ha cumplido, porque no hay mayor amor que dar la vida por el amigo, el amor que ha llegado a todos los hombres, el amor que puede cambiar el mundo y los corazones de piedra.
Jesús después de haberlo entregado todo, su tiempo, su palabra, su amor, su cuerpo, su sangre, su madre, entrega también su espíritu al Padre. Le confía al Padre lo más grande y precioso que tiene. Su espíritu que es el amor con que ha servido al Padre, con que se ha entregado a los hombres y con que ha realizado el nuevo universo de la redención; su espíritu que es el patrimonio que desde las manos del Padre vendrá a sus discípulos en Pentecostés para iluminarlos y sostenerlos en las fatigas y las esperanzas.
Su voz se hace potente, reservando todas las fuerzas que le quedan para exclamar: “PADRE A TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU"…en tus manos entrego voluntariamente mi alma. Con gran precisión encomienda el espíritu. Y lo que se encomienda no se pierde, se guarda. Jesús deposita su espíritu en manos del Padre, habita ya en el seno del Padre porque nadie más que el Padre puede abarcar totalmente a Cristo. De ahí las palabras de Jesús en el evangelio de San Juan: Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí (14, 10).
¡Padre! Ya no dice «Dios mío, Dios mío » como en la cuarta palabra. Ahora es el hijo otra vez y sus palabras son de esperanza. El mismo que en su primera palabra quiso conmover el corazón del Padre cuando pedía perdón por sus verdugos: «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen». Ahora vuelve a pronunciar esta dulcísima palabra: «Padre». Ya he cumplido con tu mandato, me descanso en tus manos y quiero esperar allí a todos aquellos que me han escuchado y te han aceptado como nuestro padre y salvador.
Un grito de victoria, una mirada que llega hasta los últimos límites del espacio y del tiempo que alcanza el corazón de todos, una mirada al Cielo, al Padre, y “entregó su espíritu”. La cabeza se inclina y el rostro mira hacia los hombres.En este instante todo comienza para el mundo.El espíritu de Jesús continuará su obra en el tiempo, haciendo todo nuevo: nueva la relación con Dios, construyendo su Reino en el amor. Adorémosle en esta hora silenciosa, abrazados a la Cruz con amor y esperanza.
“PADRE A TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU", y con él encomiendo a todos aquellos hermanos míos, que han decidido cambiar de vida y se entregan a tu inmenso amor. Jesús se dirige al Padre con confianza y con amor, reafirmando su actitud de siempre ante la vida, sus “sentimientos”, y expresa Pablo: “Siendo Dios, igual que el Padre, no presumió de ello. Y siendo también hombre, aceptó humilde la suerte como uno más, obedeciendo hasta morir y morir en la cruz” (Filipenses 2,6-8). La confianza en el Padre es absoluta.
En la sexta palabra, Jesús, ya al término de su vida, se había vuelto hacia el mundo que había venido a salvar: ponía en manos del Padre su obra redentora.En esta séptima palabra, consumado ya todo lo referente a la redención del mundo, Jesús puede pensar en Sí mismo. Le queda aún por arrancar su alma santísima de su cuerpo, para hacerla pasar completamente de esta vida, donde el sufrimiento tanto la ha destrozado, a la otra vida, en que ya no habrá agonías.Pide al Padre no que le conserve una vida perecedera, sino al contrario, que acoja su alma inmortal.
Jesús pronuncia la hermosa palabra: Padre. Ahora la protección del Padre no será ningún impedimento a su obra redentora ya consumada. Es el momento en que se hace realidad el Padre Nuestro: "Hágase tu voluntad". Haciendo la voluntad del Padre, Jesús ha abierto para el hombre las puertas de su misericordia. Por eso acudamos a Cristo crucificado, “acerquémonos confiadamente a ese trono de gracia para alcanzar misericordia y hallar la gracia que necesitamos”. Sea la misericordia de Dios el eje de nuestra oración y de nuestra piedad.
“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn 3,14-17). Ante el Jesús agonizante en la cruz debemos pensar en nuestra propia muerte, porque quien debía estar allí, clavado en esa cruz, no era él, sino cada uno de nosotros que lo merecíamos por nuestros pecados. Esto fue lo que cumplió Jesús, esto es lo que expresa la palabra. Ante la inmensidad del amor de Dios y ante la inmensidad de nuestras culpas, sólo queda de nosotros el arrepentimiento, la gratitud y la vuelta a Dios.
La experiencia del Salvador como hombre ha de ser la nuestra también de un modo inevitable; todos hemos de pasar por este sombrío valle. Acaso, ¿podremos dirigirnos entonces a Dios del mismo modo que nuestro Salvador lo hizo? La muerte redentora de Cristo es la garantía de que podremos terminar nuestros días con la misma confianza que Él, si le hemos aceptado como nuestro Salvador y Señor.
Estamos llamados a morir como Jesús y todos podemos llegar a ser capaces de dar ese grito: “¡Padre!”. Llamándole así, Padre, con cariño, con amor, con confianza: en tus manos encomiendo mi espíritu. Entrega, pues, tu espíritu al Señor ya, ahora, en este momento… y renueva tu entrega cada día, ante cada cruz. Y no te parezca tarde, ni te parezca pronto. Que el último de los trabajadores de la viña recibió el salario de los primeros y el buen ladrón alcanzó ese mismo día el Paraíso. Porque “si el malvado se convierte, vivirá; pero si el justo se aparta de su justicia, morirá” (v. Ez 18,21.24).Procuremos morir cada día al pecado y vivir la vida de la gracia.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esta oración bella y suprema de Jesús al final de su sacrificio debe estar siempre en nuestros labios y en nuestro corazón al terminar la jornada cada día, como un entrenamiento para que esté también al final de nuestra vida.
Al morir Jesús, confiando su persona al Padre, nos muestra que la muerte no es el final del camino para nadie. Él nos espera para acogernos y guardarnos para toda la eternidad si hemos vivido a la sombra de la Cruz guardando sus mandamientos. Tal como Jesús nos amó, también debemos aprender a dejarnos amar por Él, a recibir su amor y dejarlo entrar a lo profundo de nuestro ser, dejando que toque nuestro corazón y dejándolo habitar en el.
Esto es lo que da sentido a nuestra vida: Nuestros llantos recibirán consuelo, nuestras contradicciones encontrarán luz, nuestra desesperanza tendrá esperanza, nuestros desalientos se transformarán en ánimo, encontrará alegría nuestra tristeza, compromiso nuestra pasividad, mansedumbre nuestra intolerancia. Pongamos nuestras vidas en las manos del Señor,porque lo que nosotros no podemos con nuestras fuerzas, lo puede Dios con su gracia.
La muerte de Jesús marca el fin de la alianza antigua y el comienzo de un mundo nuevo, es decir, el inicio del más grande acontecimiento de la historia espiritual de los hombres desde la creación del mundo. A partir de este momento comienza a realizarse el designio de amor forjado por Dios desde toda la eternidad: anunciar la paz a los gentiles, que estaban lejos, y a los judíos, que estaban cerca, para unirlos en un solo pueblo espiritual, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Muere Cristo y nace la Iglesia, que continúa en el mundo su obra de salvación. La luz del Cielo encerrada en la Cruz, comienza ahora a expandirse en la Iglesia para iluminar sus alegrías y sus dolores, sus fallos y sus victorias.
La gracia de Cristova a derramarse en adelante abiertamente y en toda su plenitud. La sangre de la redención del mundo será conservada en la Eucaristía y el agua que nos hace hijos de Dios es la del Bautismo. Ahora la cruz, más que un misterio de sufrimiento, es un misterio de luz y de vida. El sufrimiento pasará, la luz durará para siempre. También hoy la cruz debe mostrarnos el sentido de la vida, la fuerza del amor y la esperanza de la resurrección.
Ahora en la cruz, los que tenemos la suerte de ser bautizados como miembros de la Iglesia, se nos anuncia el inicio del aleluya que florecerá en la Vigilia Pascual. El anuncio de que el crucificado está vivo y ya no muere más. ¡Valoremos la Pascua! ¡Celebrémosla renovando las promesas del bautismo y comulgando con el cuerpo de Cristo Resucitado!
Con la esperanza de que vamos a vivir fijando nuestros ojos en Jesús, Salvador del mundo, tomemos el camino de nuestras vidas como lo hicieron algunos de los apóstoles. Descubramos a Cristo resucitado que va siempre con nosotros y que al llegar la noche podamos decirle como los apóstoles: Maestro, quédate con nosotros. Tú eres Jesús, la persona que necesitamos en la profundidad de nuestro ser. Estamos celebrando tu paso de este mundo al Padre. Regresa a cada día y quédate con nosotros. Para ti será todo el amor que pueda darte nuestro corazón. Que podamos decir cada noche al ir a descansar: “Padre me pongo en tus manos… en paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo Tú Señor me haces vivir confiado ”(Salmo 4:8).
Oremos
Señor y Dios mío, que por nuestro amor agonizaste en la Cruz, aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir; ten piedad de todos los hombres que sufren los dolores de la agonía, y de nosotros cuando llegue esa tu llamada; y por los méritos de tu preciosísima sangre concédenos que te ofrezcamos con amor el sacrificio de la vida en reparación de nuestros pecados y faltas, y una perfecta conformidad con tu divina voluntad para vivir y morir como mejor te agrade, siempre estarán nuestras almas en tus manos. Amén.
Padre, me pongo en tus manos
Referencias
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Journet, C. (1951). Las siete palabras de Cristo en la cruz. Recuperado de http://www.traditio-op.org/biblioteca/Journet/
Martínez Galdeano, J.R. (2019). Séptima palabra: Padre en tus manos encomiendo mi espíritu. Formación pastoral para laicos. Recuperado de http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com/2009/04/septima-palabra.html
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Trujillo Arango, A. (2005). El sermón de las sietes palabras: dos sermones sobre la paz. Recuperado de https://books.google.com.pr/books?isbn=9586075974
Vidal, J. A. (2012). Séptima Palabra: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Recuperado de https://jorgearmando84.wordpress.com/2012/08/23/septima-palabra-padre-mio-en-tus-manos-encomiendo-mi-espiritu/
Sobre la colina del Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice
que, junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores (Luc. 23, 32), el
penitente y el obstinado. La sangre de los tres formaban un mismo charco, pero,
como dice San Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, cada uno
moría por una causa distinta. En estas dos figuras nos encontramos con el
misterio insondable del corazón del hombre: luz y tinieblas, fe e incredulidad,
libertad para decidir entre lo uno y lo otro.
Uno de los malhechores, el
incrédulo, blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y
sálvanos a nosotros!” (Luc. 23,39). Había oído a quienes insultaban a Jesús.
Había podido leer incluso el título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús
Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba de rabia
contra todo y contra el cielo.
Los hombres en los tiempos de
Jesús no sabían ni entendían que estaban dando muerte al HIJO DE DIOS. También
en nuestra época muchos son los ignorantes que continúan de espaldas a Dios. No
es posible que crean en Dios y blasfemen contra Él. Le negamos, le abandonamos,
le cerramos las puertas de nuestro corazón...
Pero el otro malhechor se
sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que
no era de este mundo. Le había visto lleno de mansedumbre y humildad profunda.
Era distinto de todo lo que había conocido hasta entonces. Incluso le había
oído pedir perdón para los que le ofendían. Reconoce en Jesús al Hijo del
Hombre que ha venido a juzgar al mundo, y lo hará con un juicio de
misericordia. Reconoce que la Buena Nueva ya ha llegado, que el tiempo de la
Gracia está aquí, que Dios no viene para destruir, sino para salvar.
Haciendo un esfuerzo para
volverse hacia su otro compañero, se reconoce culpable: « ¿Es que no temes a
Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos
merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho. Él es
inocente» (Lucas, 23, 41). Siente la convicción de sus pecados y reconoce que
Jesús es REY, es el HIJO DE DIOS. Reconoció que necesitaba ser salvo de sus
pecados.
Y encontrándose con la mirada
de Jesucristo le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate
de mí cuando estés en tu Reino”. No lo dice dudando, está seguro de que
llegará; y está seguro de que el reino de Dios no es de este mundo. ¿Quién se
lo ha revelado? Una inundación de luz y gracia en su corazón. Comprendió al fin
que había un Dios al que se podía pedir paz, como los pobres pedían pan a la
puerta de los señores. ¡Cuántas súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y
qué pocas le hacemos a Dios!…
No le pide un lugar en su
reino, no le pide un trono; no cree merecerlo. Él sabe que no lo merece: es un
criminal. Simplemente le dice: «Acuérdate de mí». Un recuerdo nada más. ¡Qué
bien había comprendido el Corazón de Cristo!, ¡qué de cosas le había revelado
la gracia de Dios en unos instantes! Y Jesús, que escuchaba en silencio cuando
el otro malhechor le injuriaba, volvió la cabeza para decirle al ladrón
arrepentido: “Yo te aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Que vio
Cristo en él? Fe y Conversión. La escritura dice que sin fe es imposible
agradar a Dios y el que no naciere de nuevo no verá el reino de Dios.
Es necesario que nosotros
escuchemos y entendamos estas palabras con toda la fuerza y seguridad con que
Jesús las pronunció: “Yo te aseguro”. En ellas se manifiesta la autoridad de
Jesús. En este momento Jesús da testimonio también de Sí mismo, de que Él tiene
la llave del Paraíso.
Aquí está el Rey, actuando
desde la Cruz. Tiene las llaves para abrir y cerrar. Desde la Cruz ofrece su
Reino, el Paraíso del Padre, a los hombres. Pero solamente los pobres, los
pecadores que se humillan, han visto en Él al Rey. Él reina sobre el pecado
perdonando, lo mismo que reinará sobre la muerte resucitando. Es hermoso saber
que Jesús está dispuesto a mostrar su llamado a salvar a las almas, aun estando
clavado en una cruz... ¡Corazón de misericordia infinita! ¡Qué maravillosa es
la gracia de Dios cuando cae de lleno sobre un corazón que no le pone
obstáculos!
En la Cruz, realmente, se
resume toda la Historia de la Salvación. Lo que un hombre por su rebeldía cerró
para todos, por la obediencia de este hombre la misericordia del Padre lo ha
vuelto a abrir a todos: el Paraíso. Y “hoy mismo”, aquí mismo. La humanidad ha
quedado restaurada y el Paraíso de nuevo es ofrecido a los hombres. ¿Cómo se
realiza esto? Dios solamente pide la fe.
Estas palabras, según San
Agustín, constituían un verdadero juramento. La palabra de Jesús se tenía que
cumplir. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo del hombre no
pasarán jamás. Aquella misma tarde se cumplieron en el ladrón arrepentido.
Jesús no le promete nada terrenal, pero consciente de que no ha venido a salvar
a los justos, sino a los pecadores, le promete el Paraíso aquel mismo día.
“Esta misma tarde, antes de que el sol se ponga”. El mismo Paraíso que ofrece a
todo hombre que cree en Él, a todos nosotros.
Y una vida de crímenes,
excesos y pecados desembocó en el cielo. Su arrepentimiento y fe en el divino
Maestro fueron equivalentes a su purificación. Basta decir: ¡perdón! de todo
corazón y convicción para que se nos abran, de par en par, las puertas de la
gloria. Todos tenemos que sufrir, pero estamos a tiempo de escoger nuestra
propia cruz. No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra
disposición está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo.
Aún en los momentos duros,
cuando nosotros nos humillamos y reconocemos nuestros pecados ante Jesucristo
nuestro Señor, aparte de perdonarnos, nos salva. Cuando entendemos que no
podemos seguir adelante si Él no está con nosotros y le invocamos de corazón,
alcanzamos salvación y vida eterna (Hch. 4:12). Cuando nos acercamos a Cristo,
entendemos que nos ha salvado con esperanza. Dios quiere que toda la humanidad
se salve y ha puesto en nuestras manos esa libertad. El que quiere salvarse se
salva, pero el que se empeña en condenarse se condena.
No quiere nuestra salvación a
empujones, no quiere llevarnos al cielo a la fuerza. Está dispuesto a
recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan abiertos que los tiene clavados
en la cruz para recibir y acoger a todos los pecadores. Bastan unas solas
palabras: « ¡Perdóname, Señor!», para que nos perdone en el acto. Y si no pronunciamos
esas palabras de arrepentimiento, rechazando con verdadero dolor de corazón
nuestros propios pecados, estaremos perdidos para toda la eternidad.
Jesús, con su muerte, ha
abierto las puertas del Paraíso, a la vez que nos indica a todos nuestro propio
destino. “Conmigo en el paraíso…”, la promesa de vida eterna. Ese lugar en el
que habrá paz. Con estas palabras Jesús nos entrega un mensaje de esperanza, la
promesa que todos tenemos que oír HOY…”Hoy estarás conmigo en el Paraíso”,
ahora, ya...al atardecer de tu vida. Tal vez, si no llega ese hoy es por tanta
gente que no decide, no opta por la salvación, que espera sentada...
Hay que volver la vista hacia
Dios... nunca es tarde. Por lo general hacemos lo contrario, en lugar de abrir
las puertas del paraíso, se las cerramos en la cara a aquellos a quienes Jesús
mismo invitó y llamó. Condenamos a las prostitutas, a los presos, a los
enfermos, a los homosexuales, a los drogadictos; a los criminales, a los
violadores; y más aún a los que no tienen el mismo color que nosotros, la misma
ideología política, la misma condición social. Les cerramos la puerta a los
demás tan solo por ser diferentes. Comenzando por decir “Dios te ama”,
estaremos construyendo ese paraíso... es parte de la caridad cristiana. ¡Gran
amor el de Cristo!
La cruz no detuvo a Jesús,
así las pruebas no nos pueden detener de llevar el agua de vida al sediento. En
las luchas y dificultades, Dios está con nosotros para llevar este bello
mensaje de amor y esperanza, para que muchos salgan del error del pecado. El
que clama a Jesús, puede estar seguro que Él responde. Con Jesús, la vida,
cualquiera que sea su circunstancia, es un paraíso, el único paraíso.
Pero el verdadero regalo que
Jesús le hizo a aquel hombre en la cruz y a nosotros hoy, no es solamente el
Paraíso. Jesús le ofreció el regalo de sí mismo. Lo más grande que puede poseer
el ser humano es compartir su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados
para vivir en comunión con él.
Vamos a preguntarnos... ¿Cómo
estar hoy con Jesús en el mundo?
La vida eterna comienza aquí
y ahora.
Jesús amado, que por amor a nosotros agonizaste en la
cruz y que con tanta prontitud correspondiste a la fe del buen ladrón, que te
reconoció por Hijo de Dios en medio de las humillaciones, y le aseguraste el
Paraíso: ten piedad de todos los fieles que hoy agonizan y de nosotros en la
hora postrera; y por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, permite que
reviva en nuestro espíritu una fe firme y constante para que también alcancemos
el premio del santo Paraíso. Amén.
Acuérdate de mi Señor
Referencias:
Catholic.net
(s.f.). Las siete palabras. Recuperado de http://es.catholic.net/op/
articulos/56810/las-siete-palabras.html
Dominicos.org
(2016.). Sermón de las siete palabras. Recuperado de
El arzobispo Augusto Trujillo Arango, en
su libro “Sermón de las siete palabras”, describe el momento en que Jesús fue
crucificado, un mediodía en el Calvario, cerca de Jerusalén. Los que pasaban le
insultaban, se burlaban de Él, le injuriaban, repartieron sus vestiduras,
echaron a la suerte su túnica. Pero, ¿cómo respondió Jesús a tanto agravio?
Guardando silencio. Solo elevó a Dios esta oración: “¡Padre!, perdónalos,
porque no saben lo que hacen”.
Jesús, desde la cruz, oró por sus
verdugos, disculpando su pecado con corazón magnánimo y noble; dando testimonio
de aquello que había predicado… amen a
sus enemigos y rueguen por los que les persiguen. El no tuvo rencor ni
albergó venganza, por el contrario, imploró a Dios el perdón y la salvación
para su pueblo. Por eso hoy es nuestro intercesor ante Dios. Por el sacrificio de
Cristo obtenemos el perdón de los pecados.
El perdón que pidió a su Padre
engrandeció su vida y con ello reveló una gran verdad: Dios es un Padre
misericordioso, no desconfiemos de su amor infinito. El Señor nos enseña a
perdonar, a disculpar los errores del prójimo, a dar amor a los enemigos, a
olvidar las ofensas recibidas, a orar por los que nos persiguen y nos hacen
mal, y a dar vida. “Nos saca de nuestros
esquemas, de nuestra mentalidad calculadora, de nuestro corazón egoísta. Y nos
muestra cómo es el corazón del Padre siempre dispuesto a acogernos para
ofrecernos su gracia y su perdón” (Guzmán, 2007).
Delante de la cruz reconozcamos nuestra
condición de pecadores y examinemos nuestra vida. Vamos a quitarnos la venda de
los ojos o los lentes oscuros que simbolizan muchas veces el no querer ver la
realidad, manteniéndonos indiferentes o al margen de las cosas. Es un deber
examinarnos sobre el amor al prójimo, la comunicación con Dios, y los preceptos
evangélicos del perdón y de la misericordia.
Asimismo, la Iglesia nos propone que
tengamos en cuenta la oración, el ayuno y la limosna para vivir como vivió
Jesús, para “vivir según la vida buena del evangelio” (Papa Francisco). ¿Somos sinceros
con nosotros mismo sobre cómo vivir cristianamente?, ¿Realmente nos hemos
preparado para vivir con Cristo el camino de la cruz en este tiempo y alcanzar la
salvación? o ¿preferimos la oscuridad a la luz?
-Dios
nos llama a amar y muchas veces criticamos, odiamos, somos violentos, hacemos
el mal a los demás, sembramos discordia, separamos familias o ponemos barreras
al logro de la paz. No es la soberbia la que soluciona los conflictos, actuemos
con los demás “de lamisma manera como actúa Dios con nosotros”
(Guzmán, 2007). Pidámosle a nuestro Padre que nos perdone y que por medio de
Cristo llegue a nosotros la paz.
-Dios
nos llama a vivir en la luz y muchas veces preferimos las tinieblas; no queremos
darnos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor para no meternos en problemas.
Nos olvidamos de nuestros semejantes, de apoyarlos, animarlos, acompañarlos y
cuidarlos en los momentos de tristeza y enfermedad; “tratemos a los demás con la misma misericordia que hemos recibido” (Guzmán,
2007). Pidámosle a nuestro Padre que nos perdone y que a ejemplo de Cristo
aprendamos a servir a los demás.
-Dios
nos llama a compartir y muchas veces somos egoístas, rencorosos, poco sensibles
al dolor humano y a ayudar a otros en sus necesidades. Pidámosle a nuestro
Padre que nos perdone y que por medio de Cristo descubramos en cada uno el
sentido verdadero del humanismo.
No seamos verdugos, ni enemigos. Reconozcamos
la gravedad del pecado y tomemos conciencia de cómo obramos. El pecado es
desobediencia, ofende a Dios y al prójimo, mancha el corazón y frena la vida. Debemos
crear conciencia de la gravedad del pecado y de la necesidad de pedir perdón a
Dios. Acerquémonos a otros y miremos a los demás como Jesucristo nos miró desde
la cruz, con amor y perdón.
“Nuestra
experiencia de perdón comienza cuando somos capaces de mirarnos con la
misericordia que Dios nos mira; sabernos amados, perdonados, reconciliados es
un Don divino que Jesús nos invita hoy a "dejar fluir": Atrévete a
dejarte mirar por la misericordia de Dios. ¿Qué podría sanar Dios en ti?
¿Aceptarías que Dios te perdone? Sólo cuando experimentes este perdón que sana
y reconcilia, podrás mirar a tu alrededor y hacer lo mismo con quien te ofende
o te ha ofendido” (Pérez, 2017).
“No
es fácil perdonar de verdad. En nuestra vida siempre tenemos una persona a la
que debemos perdonar, o a quien pedir perdón, quizás empezando por nosotros
mismos. El perdón siempre es una gracia, es un don muy grande, pero solo una
auténtica experiencia del perdón puede sanar nuestras heridas y disponernos
para perdonar a los demás” (Guzmán, 2007).
El perdón abre los horizontes a una vida
nueva, a un mundo mejor. Nos da la oportunidad de estar en paz con Dios, con el
prójimo, con nosotros mismos, con el mundo que se está destruyendo. ¿Qué sería
del mundo si no existiera el perdón? ¿Si no existiera una mano extendida que
pide perdón? ¿Si el que ofende a Dios y al prójimo tuviera que seguir siendo
culpable? ¿Si nadie tuviera derecho al perdón?
Papa Francisco nos dice que “el Señor no se cansa de perdonar, somos
nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón”. Todos los pecadores tienen
una promesa de salvación. Nadie está excluido del perdón y la misericordia,
solo debemos pedirlo de todo corazón y buscar reconciliarnos con Dios. Él
siempre responde al que lo busca. Deseemos y busquemos la salvación que Cristo
nos ofrece desde la cruz. Recordemos, además, que para reconciliarnos con Dios
primero es necesario reconciliarnos con el hermano, con el prójimo. Dios acepta
la ofrenda de los que se reconcilian con el hermano.
A Dios le agradaría mucho que esta tarde
de reflexión fuera un día de perdón fraternal. Invoquemos al Padre que está en
el cielo, que es bueno con justos y pecadores, que perdona, que acoge a sus
hijos, que comprende el fondo de la maldad que hay en el corazón humano, y digamos
con corazón contrito y humillado:
“¡Oh Dios!, reconocemos que hemos pecado contra ti y contra
nuestro prójimo; contra nosotros mismos. Perdona nuestros pecados, Señor.
Concédenos alejarnos de todo aquello que no sea digno de ti. Infunde en
nosotros la alegría y el gozo de sentir en nuestra vida tu perdón y
misericordia. Te damos gracias, Jesús, por tu entrega. Danos paz en nuestros
corazones. Queremos ver tu luz y vivir tu palabra plenamente. Queremos
identificarnos contigo. Jesús, quítanos por favor la venda de los ojos para
poder verte siempre como eres. La paz del Señor esté siempre con nosotros.
Amén.
En la cuarta palabra, Jesús
descubre sus propios sufrimientos en la cruz como Dios hecho hombre. Estas palabras
aunque fueron dirigidas al Padre, no llevaban la intención de reclamo, pero si de
búsqueda de respuestas. Aún en su dolor, le invade en lo más profundo de su
corazón una dicha inmensa al saber que está cumpliendo su voluntad y
demostrando así su amor al Padre y a todos los hombres. En esos momentos Él se
hace uno con Dios-Padre, buscando nuestra salvación. Sus palabras fueron dirigidas
a todos los que no creen o los que creen a medias, a los que conocen a Dios pero
viven como si nunca hubieran escuchado su nombre, a los que tuvieron Fe y la
perdieron, a todos los que una vez fueron santos y ahora son pecadores.
¿De quién Jesús espera entonces
una respuesta? De mí y de ti. Él quiere que nosotros reconozcamos lo inmenso de
su sacrificio, que reconozcamos que no estamos solos, que aclamemos a Él.
"¡Dios
mío, Dios mío!" ¿Por qué me has abandonado? Jesús gritó con voz fuerte,
utilizando la poca respiración que necesitaba para expresar la terrible
angustia que sentía. Estas palabras que Jesús pronunció desde la cruz no fueron
porque se sintiera abandonado por el Padre, todo lo contrario, el Padre estaba
a su lado dándole fuerzas para completar su misión.
Como ser humano, Jesús
experimentó el dolor y la angustia normal del género humano, sintiendo una
inmensa soledad al verse abandonado por todos sus discípulos y amigos, al ser traicionado
y acusado de blasfemo, al ser vendido y golpeado, flagelado, insultado y coronado
con espinas. Se pasó la vida "haciendo el bien" y sus seguidores lo
abandonaron. Pero para los hombres no fue suficiente haber pasado por este
mundo haciendo el bien a todos. Llegó hasta el extremo del amor. Dio vida a aquello
que había predicado antes: "Nadie tiene amor más grande que el que da la
propia vida por sus amigos”. Pero también la dio por sus enemigos, por aquellos
que le estaban crucificando.
Con su sacrificio se
convirtió en nuestro amigo. Porque amigo es aquel que se priva de algo o de
muchas cosas para ofrecértelas. Amigo es aquel que es capaz de privarse de sus
horas de descanso para trabajar por ti. Amigo es aquel que puede en un momento
renunciar a la comodidad de su casa para hacer que te sientas cómodo, querido y
apreciado. Amigo es aquel que deja su tierra para ayudarte a salvar la tuya.
Amigo es aquel que te confía sus penas y alegrías, que siempre es transparente
para ti y que siempre te llevará hacia un crecimiento en la fe y en el amor a
Dios. Amigo es aquel que edifica, que une, que reúne… no el que destroza,
destruye, derriba para sentarse encima de los escombros. Amigo es aquel que da
la vida para salvarte… como lo hizo Jesús.
Más que sentirse
abandonado por Dios, hoy, se siente abandonado por todos nosotros que lo
rechazamos, que hemos olvidado su amistad y que dio la vida por nosotros y no queremos
aceptar su salvación. Él siente en su propia carne el dolor de nuestros
pecados, los tuyos y los míos; y ese fue el precio por nuestra redención. Nos
toca decir: “Sí, Señor, lo reconozco; fue por mí, por mis pecados que estás en
la cruz”.
El sufrimiento de
Cristo simboliza el sufrimiento del ser humano. Jesús, en la agonía de la Cruz,
experimenta en su alma los efectos del pecado de la humanidad, es decir, experimenta
la ruptura de la comunión con Dios. Desde la Cruz veía a todos los hombres y
mujeres que sufrirían. Sintió en sus propias llagas las infinitas llagas de
todos los cuerpos que serían torturados por el hambre y la miseria. Sintió las heridas que son consecuencia de la
injusticia y la crueldad, el dolor de las llagas de los encarcelados, de los rechazados
y despreciados por la misma sociedad. Sintió en su pecho el dolor que siente un
anciano cuando es olvidado por los suyos. Sintió en la piel el ardor de todos
aquellos que serían marginados por su raza. Y esas voces, desde el silencio se
unían a la de Jesús diciendo: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado?
Este es el sentido de la
cuarta palabra de Jesús en la Cruz, es la de redimir al hombre en su totalidad
destruyendo el pecado y la muerte, infundiendo nueva vida, su propia vida, la
vida de la gracia, la vida eterna. No
nos sintamos abandonados, Él está con nosotros, por nosotros y para nosotros. Pidamos,
pues, poder vivir bajo su amparo y con el amor del Padre.
Oración:
Señor Jesús, amado hermano, Tú, que
experimentaste el dolor y la soledad ayúdanos a encontrarte siempre presente en
nuestras vidas y que no tengamos más esa sensación de abandono. Tú, que nos
pides aliviar el sufrimiento de los hombres, muéstranos el camino. Señor, ten
piedad de nosotros y de todos los corazones agonizantes. Que tu inmenso amor
nos acompañe siempre. Amén.
SALMO - 21 DIOS MIO, DIOS MIO POR QUE ME HAS ABANDONADO
Jesús nos está
invitando a que hagamos suyas sus palabras, a completar con perfección la
misión que nos ha encomendado a cada uno de nosotros, para al final poder
afirmar con seguridad que todo ha sido completado según la voluntad de Dios.
Por
ese motivo, los invito a volver a mirar la Cruz, pero esta vez con los ojos del
alma, desde lo más profundo de nuestro corazón. Aprendamos cuál es el
significado real que debe tener la Cruz para todo cristiano, para todos
nosotros. Aprendamos con la Cruz lo qué es la pobreza de espíritu, la caridad,
la humildad. Si la vamos a llevar colgada en el pecho, de ahora en adelante, es
como símbolo del sacrificio de Jesús por nuestros pecados, para proclamar o
anunciar que Cristo murió por nosotros para darnos una vida nueva, por tanto,
que se nos note que somos cristianos, evangelizadores, profetas, sacerdotes y
reyes. Que se nos note en el comportamiento, en el proceder. No la usemos de
adorno, hagamos que tenga sentido ese sacrifico.
Jesús
murió siendo fiel a sí mismo y aceptó la muerte por amor al Padre. Todo estaba
previsto. Todo el plan de Dios estaba perfectamente completado. Las palabras de
Jesús en la Cruz: “Consumado es”,
significa que todo lo escrito está cumplido. Cristo, con su muerte pagó
el precio completo de nuestra redención. Todo fue llevado a cabo a la medida
perfecta. Todo se cumplió
para:
Que
hubiera perdón para todos. (Primera palabra)
Dar
consuelo a aquellos que buscan la reconciliación con Dios. (Segunda palabra)
Dejarnos
a una madre que velara por nosotros; para que no nos sintiéramos solos. (Tercera
palabra)
Fortalecer la fe. (Cuarta palabra)
Que
Cristo se convirtiera en nuestra fuente de agua viva. (Quinta palabra)
Con
este acontecimiento se abre el camino de la nueva vida. Jesús vino a
demostrarnos que no está muerto quien cree en el Padre, y que resucitaremos con
Él a una nueva vida, con la ayuda del Espíritu Santo. Todo se trata de renovar
nuestra fe.
Enseñó
a sus discípulos y a toda su iglesia (a nosotros) a aceptar de la misma forma que
Él lo hizo, una vida llena de pruebas; pero que pueden ser superadas
acercándonos al amor del Padre y cumpliendo su santa voluntad. Lo que nos debe
llevar a entender que para que nuestra vida cristiana se fortalezca, se
renueve, no decaiga ni se debilite, hay que dejar la pereza (flojera,
comodidad) y la actitud pasiva. Hay que entregarnos en manos de nuestro Padre
Dios y aceptar la invitación de Jesús a un compromiso mayor.
El
Papa Francisco en una de sus homilías más recientes ofreció tres consejos para
todo cristiano que desee acercarse más a Dios:
Profundizar
en los evangelios para conocerle más.
Cargar
con la cruz.
Mantener
una fe viva.
Vamos
a ampliar esos tres aspectos del cristiano. Para llevar una vida cristiana
conforme a la voluntad de Dios se requiere de nosotros:
Estar
conscientes de nuestro compromiso con Dios y por ende, con la iglesia. Esto
equivale a estar convencidos de que tenemos que cultivar seriamente nuestra
relación con El, conocerle más, de abandonarnos a su perdón, de contemplarlo,
amarlo y sentir su presencia en nuestras vidas, en todo lo que hacemos y
decimos.
Ser
perseverantes en la oración. Buscar la presencia de Dios en el silencio, en nuestro
interior. Purificarse, meditar y
reflexionar antes de comenzar o terminar el día.
Mantener
una buena práctica en la fe.
Escuchando
la palabra, creyendo en el Padre y llevándola a la práctica diaria.
Aceptando
lo que no podemos cambiar, pero manteniéndonos en pie de lucha. Pidiendo al
Señor que nos de fortaleza, nos ayude a sanar nuestro interior (porque el
exterior es secundario) y nos saque de la comodidad para trabajar en lo que Él
nos pida.
Evangelizando:
Dar a conocer a Cristo y todo lo que Él tiene para ofrecernos, su vida entera.
Sin temor a qué decir, porque el Espíritu Santo hablará por nosotros. Pero
recordando que antes debemos prepararnos espiritualmente.
Participando
de los sacramentos. Reconoce tus faltas, procura confesarlas y enmendarlas, y
participa de la Cena del Señor.
Dar ejemplos de amor y de misericordia:
ayudar a los demás a acercarse a Dios.
En todo esto
radica nuestra salvación, la vida eterna, el cumplir la voluntad del Padre
manifestada en las obras. Porque la fe sin obras no existe. Debemos tomar conciencia de que
hay que vivir una verdadera y profunda conversión, de que hay que “comenzar a
curar las llagas y las heridas” mismas de Cristo en nuestro corazón y en la de
tantos que sufren a diario de hambre, desesperación, opresión, abandono,
tristeza, pobreza, enfermedad. En cambio, llevemos amor, justicia, alegría,
consejo, salud, alimentos, compañía, esperanza y fortaleza, paz. Porque todo esto se cumplió en Él. Quien da estos
pasos, seguro pasará de la muerte a la vida. Eso es precisamente lo que vino a
enseñarnos Jesús, el camino a seguir. La senda ya está prevista para cada uno
de nosotros.
Meditemos en
qué tipo de cristianos somos, ¿En qué momento perdimos el camino? ¿En qué
momento perdimos el significado de estas palabras de Jesús? Todo se ha
consumado. Todo está cumplido. Con sus palabras nos dio a entender que lo ha dado todo por nosotros. Que
ha cumplido con la voluntad del Padre y que ahora nos corresponde hacer lo
mismo. Imitar el ejemplo de Cristo. Valoremos lo
que Él hizo por la humanidad, permitamos que se cumpla en nosotros su
redención. Si todo se cumplió en Él, pues ahora nos toca seguirle; enderezar
nuestro camino. En esto estriba la esencia de la vida cristiana. Ser hombres
nuevos y mujeres nuevas. Comenzar a vivir una vida plena en Cristo,
respondiendo a su llamado. Perseverar en la fe, la oración y el compromiso con
Dios. Ahora nos toca a nosotros cumplir.